Tratemos
de hacer el ejercicio: ¿Cómo imaginamos al indígena de América Latina? ¿Cómo
es? ¿En qué paisaje lo ubicamos? ¿Haciendo qué? Lo más probable es que el
boceto que hacemos en nuestra mente nos lleve a una escena en canoa o en una
cabaña, en un paraje sin concreto, ni semáforos. Difícilmente, por lo menos no
en un primer momento, lo imaginamos cruzando la calle en alguna ciudad.
El
dato que contrasta con esta visión es que el 49% de la población indígena de
América Latina ha migrado al entorno urbano en las últimas décadas. Sin
embargo, como apunta en esta entrevista Germán Freire, experto en Desarrollo
Social del Banco Mundial, “la sola idea del indígena urbano reta nuestra
representación colectiva de lo que es ser indígena”.
A
propósito de la conmemoración, este 9 de agosto, del Día Internacional de los
Pueblos Indígenas y la celebración del décimo aniversario de la
Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos indígenas,
aprobada el 13 de septiembre de 2007, nos acercamos a este tema que significa
un reto para la región.
Pregunta. ¿Por
qué los indígenas de América Latina han migrado desde sus territorios
tradicionales a las ciudades?
Respuesta. Las
razones son muy variadas. En muchos casos migran por los mismos motivos que lo
hacen todos los latinoamericanos. En las ciudades hay mayores oportunidades de
empleo, de acceso a educación, salud y servicios básicos. En Perú, por ejemplo,
un hogar indígena tiene un 37% más probabilidades de ser pobre si reside en
zonas rurales.
Pero
las razones de más peso suelen ser el acceso a educación y salud. Si bien la
escuela primaria experimentó una expansión transcendental la década pasada,
persisten brechas significativas, especialmente a nivel de educación secundaria
y terciaria. Asimismo, los servicios de salud en zonas rurales siguen teniendo
deficiencias importantes. A veces estos servicios están presentes solo
nominalmente o se prestan en condiciones que ponen barreras al acceso.
Por
otro lado, los territorios indígenas han estado en constante presión por la
expansión de las fronteras agrícolas y de las industrias extractivas. Una
quinta parte del Amazonas tiene potencial minero, por ejemplo, y el 20% de
estas áreas de potencial explotación coinciden con territorios indígenas. Los
conflictos internos también han afectado de manera desproporcionada a las
comunidades indígenas rurales, en países como Guatemala, Colombia o Perú.
Todos
estos factores suman, y explican en parte por qué hoy alrededor del 50% de la
población indígena de la región reside en zonas urbanas. En algunos países la
proporción es mucho más grande. En Argentina, por ejemplo, la población
indígena urbana ya supera el 80%.
P. ¿Cuáles
son los desafíos que deben afrontar los indígenas de América Latina que deciden
migrar a las ciudades?
R. La
situación de los indígenas en las ciudades es paradójica, porque, si bien están
generalmente mejor que en sus territorios de origen, también es cierto que se
insertan en el entramado urbano en condiciones muy desventajosas. Sus
conocimientos y tecnologías tradicionales suelen tener poco valor en el mercado
laboral urbano, así que tienden a emplearse en trabajos mal pagados y del
sector informal, con todo lo que eso implica en términos de seguridad laboral y
económica.
También,
una vez en las ciudades, los indígenas suelen ser relegados a zonas inseguras,
insalubres, con menores oportunidades laborales, peores servicios y expuestas a
desastres naturales. La proporción de hogares indígenas viviendo en barrios
marginales duplica la proporción de hogares no indígenas.
Todo
esto supone un gran reto para los gobiernos y agencias de cooperación, porque
las políticas de inclusión y prestación de servicios diferenciados para la
población indígena se diseñaron teniendo en mente comunidades rurales. La sola
idea del indígena urbano, de hecho, reta nuestra representación colectiva de lo
que es “ser indígena”. Sin embargo, el número de hogares indígenas viviendo en
entornos urbanos va a seguir creciendo, a juzgar por la tendencia de las
últimas décadas.
Es
decir, las ciudades ofrecen innumerables oportunidades para los indígenas, pero
la contracara de estas migraciones es que los exponen a nuevas formas de
exclusión y discriminación. La región tiene que hacer mayores esfuerzos para
pensar en estrategias que permitan cerrar las brechas laborales, educativas o
de acceso a vivienda, por ejemplo, sin que esto represente para ellos una
renuncia a su identidad o su cultura. Un estudio del Banco Mundial,
señala que el sentido de dignidad es fundamental para que las políticas de
inclusión social tengan éxito.
P. ¿Qué
rol juega la mujer indígena en el escenario urbano?
R. Fundamental.
En muchos casos las mujeres son pioneras en los procesos de migración rural-urbano.
La migración a las ciudades a veces es una oportunidad para liberarse de roles
tradicionales y aumentar su independencia, si bien ellas enfrentan mayores
retos que los hombres. Muy a menudo las mujeres indígenas no solo ganan menos
que las mujeres no indígenas, sino que también ganan menos que los hombres
indígenas. Se ha calculado que una indígena boliviana ganaba en promedio 60 por
ciento menos que una no indígena por el mismo tipo de trabajo. No cabe duda de
que son víctimas de doble discriminación, por su condición de indígena y de
mujer.
Pero,
a pesar de estas brechas, el rol de las mujeres indígenas en entornos urbanos
es central. Son portadoras de conocimientos, son las que saben de medicina
tradicional, por ejemplo. También son el ancla de los niños con su propia
cultura y sus lenguas. Son empresarias, combinando aspectos de sus economías
tradicionales, como la solidaridad y el trueque, con aspectos de mercado.
Pero
tan importante como todo esto es su creciente participación en el espacio público,
en la toma de decisiones a nivel local, nacional y regional. Un ejemplo notable
es el de las Wayúu de la Guajira colombo-venezolana, que han ocupado cargos de
gobierno, académicos y de todo tipo a ambos lados de la frontera. La mujer es
el eje alrededor del cual giran todas las decisiones de la familia Wayúu, y
esto evidentemente lo han llevado con ellas a ciudades como Riohacha o
Maracaibo.
P. ¿Cuáles
podrían ser los aportes indígenas al desarrollo urbano?
R. Muchos.
Los indígenas traen consigo visiones diferentes de organización social, de
ordenamiento del espacio, de relacionamiento con el ambiente, estrategias de
contención, conocimientos médicos tradicionales, formas de participación
política, propuestas arquitectónicas, lenguas, etc. Esta diversidad suma mucho
a la resiliencia del entorno urbano.
El
Alto, en Bolivia, es un ejemplo conocido del potencial de la ciudad para
expresar formas indígenas de organización y participación dentro del Estado. A
través de las Juntas Vecinales, los Aymara no solo han liderado en la
construcción y administración de su entorno urbano, sino que se han convertido
en actores centrales de la política nacional.
Otro
ejemplo, menos conocido, está en las áreas metropolitanas de Buenos Aires y La
Plata. Poca gente sabe que ahí se concentra la mayor parte de la población
indígena argentina; aproximadamente una cuarta parte del total nacional. En La
Plata, en concreto, hay una comunidad Nam Qom, en el barrio Islas Malvinas, que
es un ejemplo tremendo de dignidad y lucha por mejorar su inclusión al entorno
urbano. Con muy poco o ningún apoyo externo, esta comunidad ha construido sus
propias viviendas, organizan el espacio comunal de acuerdo a sus visiones de
solidaridad y convivencia, toman responsabilidad colectiva por la alimentación
y el cuidado de sus niños, tienen iniciativas escolares y extra-escolares para
preservar su lengua y su cultura, entre otras cosas. Ejemplos como este hay en
toda Latinoamérica, pero han recibido poca atención hasta ahora, por lo que
permanecen invisibilizados.
Ese,
precisamente, es el gran reto para su inclusión. No tenemos demasiado
conocimiento de las necesidades u oportunidades de la población indígena en
entornos urbanos, pues hasta hace muy poco este tema no estaba en la agenda de
desarrollo de la región. El reporte Latinoamérica
Indígena en el Siglo XXI,que lanzamos el año pasado sugiere
precisamente que tenemos que empezar a pensar en la población indígena en
términos de su heterogeneidad.
Los modelos de desarrollo y los instrumentos
analíticos que usamos hoy para abordar sus necesidades y sus reclamos son poco
sensibles a la realidad de que la mitad de los indígenas de la región vive en
entornos urbanos, así como al hecho de que existen múltiples dimensiones de
exclusión que se superponen, pues no es lo mismo ser hombre indígena que ser
mujer indígena, niño, anciano, etc.
Lo
que sí creo es que con la inclusión de los indígenas al desarrollo urbano
ganamos todos.
En algunas ciudades constituyen una proporción considerable, que
tiene muchísimo que aportar a la economía local, a la toma de decisiones, a la
búsqueda de soluciones a problemas críticos de nuestras ciudades, como el uso
sustentable de los recursos o la participación ciudadana. La mayor riqueza de
la región siempre ha estado en su diversidad, por lo que tiene sentido que esa
heterogeneidad de visiones y propuestas se incorporen al desarrollo urbano de la
región.
Fuente: Banco Mundial

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